
Es curioso que la primera película (importante) sobre un texto de James Joyce haya sido Finnegans Wake. Es la novela más difícil, ya no de Joyce sino probablemente de todo el canon literario; es un texto que está ligado al texto en sí mismo, es pura literatura, puro lenguaje. ¿Cómo podría ser el Finnegans Wake en fílmico? Mary Ellen Bute, una cineasta experimental, trajo la respuesta en 1966. La carrera de Bute estuvo dedicada a poner cuerpo visual a la música; en este sentido, la elección del libro de Joyce para ella fue casi natural. Fue su primer largometraje y también el último (luego quiso filmar The skin of our teeth, una obra muy cercana a Finnegans Wake, pero no pudo ser). Lo primero que uno entiende al ver el resultado es que muchas cosas que en el libro son muy abiertas o discutibles, en el film hubo que cerrarlas en una lectura. Bute empieza la película con la idea global del libro, en silencio, en letras de molde: nos da la trama en muy pocas y bien elegidas palabras y luego nos lanza al sueño que es el Wake. Vemos a HCE y ALP soñar, vemos luego la escena del velorio de Finnegan, y las ramificaciones. En algunos puntos la película se vuelve bastante concreta (en los hermanos Shem y Shaun, por ejemplo), en otras cede al delirio. Hay aciertos visuales, el vaivén onírico está bien, los personajes (no voy a decir las actuaciones) están bien: se rescata el carácter esencialmente bromista de Joyce y su último libro. La música es adecuada, música contemporánea, algo que naturalmente Bute iba a cuidar. El problema con la película es que el texto original no es contingente, se nota que hay un libro atrás: se nota en cada diálogo, se nota en los subtítulos obligatorios con las líneas de Joyce. El finneganiano tiene mucho sentido en la página escrita, donde uno puede ver ese juego entre la grafía de una palabra y su pronunciación, donde uno puede leer y releer una línea y explotar los muchos sentidos que Joyce trabajó en ella; cuando los diálogos se dicen, se pierde todo esto. Los actores parecen tener una seguridad semántica para cada frase delirante que entregan, y en cambio yo, como espectador, no. A veces la dicción no es la que uno espera en los retruécanos, a veces los simplifican para decirlos; a veces la gestualidad no coincide con la interpretación que uno les dio originalmente en el libro. Tal vez la única manera de evitar este problema hubiera sido hacer una correspondencia total en film de la subversión de la forma que operó Joyce en su última obra, pensar un film en la misma forma que Joyce pensó un libro. A Mary Ellen Bute no le faltó atrevimiento, pero no logró desprenderse de la palabra escrita, que tan esencial es a Finnegans Wake y que arrastra el film hacia abajo, hacia el libro, y no lo deja despegar.
No muy distinto fue el caso de Ulysses. Hubo una primera versión en 1967, y luego otra en 2003. La primera, la mejor, fue dirigida por el estadounidense Joseph Strick, y es la que trabajó el escrito más de cerca1. Para su 1967 sin duda habrá sido osada (hay quien dice que fue la primera película en decir "fuck"), y sin embargo uno lo primero que nota es la ausencia de todo aquello que en 1922 le valió censura y reprobación a Joyce. La versión de 2003 ("Bloom") parece en comparación más explícita en este sentido, más escatológica (tal era el adjetivo con que se escupía al libro original), pero uno la siente todavía más lavada que la de Strick, tal vez porque uno ya se sabe en otra época, con otras posibilidades. Bloom fue evidentemente filmada para coincidir con los cien años del Bloomsday, de manera que esa intención un poco comercial se nota, por ejemplo, en la preferencia por los flashbacks, por acompañar con imágenes análogas lo que el personaje piensa, y también en el reordenamiento del libro para que la historia sea más accesible. Sean Walsh, en su única película, decide empezar y terminar con el monólogo de Molly (más literal, Ulysses arranca, como el libro, en la torre Martello, con plump Buck Mulligan afeitándose). Uno sospecha que ese Bloom del título no se refiere tanto a Leopold como a Molly, y a ese famoso soliloquio, que en Ulysses también se lleva la última media hora. En comparación, Bloom tiende a hacer más visuales las escenas que en Ulysses se dejan a la imaginación; al igual que en Finnegans Wake, inevitablemente algunas lecturas han de cerrarse para poder llevar al ojo lo que el libro prefiere sugerir. El capítulo de Circe creo que es donde más notoriamente aparece este problema.
También aquí, en las dos películas, el libro se nota atrás. Se nota como se nota en las películas shakespeareanas: nadie habla así, emitiendo ingeniosa lengua literaria en apuradas andanadas, viciando el fluir natural al cine, que apela más a recursos del naturalismo. Hay momentos en que funciona y uno entra, en una película y en otra, pero, por ejemplo, en la caminata de Stephen orillando el snotgreen sea, con su introspección disparada por una cita aristotélica, todo se vuelve inverosímil, incomprensible. Los dos films, inevitablemente, dejan oír en off los pensamientos de los personajes, y en los dos, pero especialmente en Bloom, uno siente que las imágenes sobran, que el director no sabía muy bien qué hacer durante los pensamientos, qué mostrar. En el Ulysses de Strick el foco está en el texto y estos momentos se vuelven intelectuales, difíciles de seguir; Walsh recurre a "ilustrar" con imágenes banales y música pegajosa lo que se está diciendo. Esto es un obstáculo para que el espectador se involucre como en otras películas, aunque por suerte, en ambas versiones, está Leopold y Molly para poner algo más humano en escena, pero en líneas generales, hay un fracaso evidente. ¿Qué podría sacar de cualquiera de las dos películas una persona que ignorara los libros de Joyce? Un día en la vida de tres personas que termina en un delirio ininteligible. Ah, y en un monólogo que es pura literatura para leer, no para escuchar leído larga, interminablemente. El problema en las dos películas sobre Ulysses fue el apego a un libro que hoy es una de las biblias de la literatura, intocable, al que se le debe todo el respeto. La literalidad maniató el lenguaje del cine, la idea de no apartarse demasiado de Joyce. Mary Ellen Bute, en cambio, supo reinventar a Finnegans Wake para lograr ese milagro parcial que fue su película, una película que a nadie se le ocurriría ni siquiera imaginar. No quiso ser literal, alteró los textos, dejó afuera partes importantes (notoriamente "Anna Livia Plurabelle", quizás uno de los pasajes que uno piensa más fáciles de filmar), pero fue vencida, al igual que Strick y Walsh, por la fuerza verbal de Joyce, que no supieron ignorar o reemplazar, y que terminó siendo más importante que ninguna otra cosa, una sentencia de muerte para un arte esencialmente pictórico.
Uno podría decir que este problema no tiene solución, que dos obras de literatura que fueron famosas por subvertir la forma escrita no pueden decir mucho en fílmico, pero fácilmente uno podría convencerse de lo contrario al mirar cómo Raoul Ruiz adaptó Le temps retrouvé (1999) de Proust, o las incontables películas sobre la obra de Kafka. James Joyce no ha encontrado todavía a su director, excepto quizás en The Dead de John Huston.